miércoles, 24 de agosto de 2011

Voces del alma que llegaron a la Tierra


Bendita pluma que con la creación me inspiras / dale a mi tierra la canción que alegre el corazón. Así poetizó el gran Miguel Abuelo en una de sus bellas canciones en 1983 llamada Sintonía Americana, con la que podría resumirse un sentimiento compartido entre las voces cantoras a poco de concluida la Guerra de Malvinas y con una democracia que comenzaba a dar sus primeros pasos.

Si bien el fenómeno del rock nació en Argentina a mediados de los años 60, recién alcanzó la altura del reconocimiento a fines de la década del 70 y principios de los 80, cuando varios jóvenes, en grupos o solistas, comenzaron a crear un nuevo código para comunicarse con una sociedad que estaba destinada a una totalitaria sordera de pasividad. Ese código se plasmó en partituras y acordes, en palabras y estrofas.

Según una disposición de la Junta Militar de 1982, las radios tenían prohibido pasar música en inglés debido al conflicto bélico que estaba atravesando el país, lo que generó cambios por un lado positivos para la construcción de una identidad musical propia, pero por otro negativos ya que había artistas que hacían covers o tenían la mayoría de su repertorio en inglés.


Un retrato de esa época lo pinta claramente uno de los integrantes de Sumo, Diego Arnedo: “Íbamos a buscar laburo por los bares con Timmy (Mac Kern), y le dábamos un casete al dueño. Cuando escuchaban que Luca cantaba en inglés respondían ‘Flaco, ¿estás loco?, ¿querés que me rompan todo el bar?’”.

“El efecto pos-Malvinas era alucinante: todo se decantaba, el underground era amplio, belicoso, explosivo, y la generación de los chicos de la guerra estaba sintetizando la dura realidad con los años de oscuridad, ecualizando sus años de represión visible o invisible con las máscaras del país real”, expresó el periodista Pablo Polimeni, en su libro sobre el líder de Sumo: “Luca, un ciego guiando a los ciegos”.

El origen del rock argentino también tuvo como testigos a dos sitios emblemáticos en los que músicos amateurs se juntaban a zapar los nuevos ritmos. Ellos fueron primero La Cueva, un sótano de la avenida Pueyrredón, y luego La Perla de Once, una confitería ubicada en Rivadavia y Jujuy.

“Juntábamos tres o cuatro mesas en el fondo del bar (…) y nos reuníamos a teorizar sobre la vida, el mundo o cualquier experiencia. Nos pasábamos las canciones, las ideas y lo hacíamos con fervor y generosidad sin tener noción de que estábamos haciendo algo importante; mientras Javier y Moris hacían sus canciones, yo escribía cosas ideológicas para tratar de despertar a la gente”, rememoró Pipo Lernoud en el libro “Paladín de la Libertad", biografía de Miguel Abuelo y sus Abuelos de la Nada, de Juanjo Carmona.

El terrorismo de estado en Argentina provocó la fuga obligada de muchos artistas que por el simple hecho de plasmar sus pensamientos en canciones eran amenazados de muerte y sentenciados bajo el sello de la subversión. Pero hubo otros tantos que apretando los dientes y haciendo uso de sus inventivas lograron abrirle los ojos al pueblo y transmitirle la verdadera cara de un país cruel. Charly García, Fito Páez, León Greco y Luís Alberto Espineta fueron algunos de ellos.

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