martes, 5 de octubre de 2010

Viejas libertades, otras vergüenzas

Trajes, camisas, corbatas y mocasines, por un lado. Jeans, camisetas, zapatillas y guitarras, por otro. Esos son algunos de los simbolismos que reflejan, en una pequeña magnitud, los cambios que se produjeron en la sociedad argentina a partir de la Reforma Universitaria hace 92 años.

Los gritos nada caprichosos de los reformistas cordobeces de 1918 pusieron en el centro de la escena latinoamericana a la educación superior, como único estandarte posible para construir un país democrático, al menos dentro de los claustros universitarios. Pero, en qué medida, la historia se hizo eco de esos reclamos. Pareciera que el tiempo va borrando, de a pequeñas gotas, la estela que dejaron los revolucionarios.

Los jóvenes de la Reforma encabezaron una ardua lucha en pos de liberar a las casas de altos estudios de las ataduras que mantenían con la Iglesia, lo cual significaba una mordaza a las ideas libres y al progreso. Opresión materializada –entre otras cosas- en el ocultamiento de las teorías científicas de Darwin y Newton y en el culto excesivo a las tradiciones arcaicas.

Las exigencias eran claras, coherentes, y fundamentalmente posibles. Algunas de ellas se convirtieron en logros del estudiantado como la docencia libre, las cátedras paralelas, los concursos públicos, la periodicidad de cátedra y la extensión universitaria. Sin embargo, en institutos académicos públicos y nacionales, surgidos mucho después de la Reforma, los centros de estudiantes se esfuerzan, muchas veces a contra marea, por implementar la oferta de mas de una comisión por materia.

El amiguismo se para también frente a los pizarrones de las universidades, violando otro de los principios por el cual la revolución estudiantil tuvo lugar hace más de nueve décadas: el acceso de los docentes por concurso y la revalidación periódica de sus cargos.

El levantamiento de Córdoba izó otras banderas a las que hoy les toca flamear con viento en contra: la autarquía financiera y el financiamiento universitario, el cogobierno, la gratuidad y el acceso masivo a la educación de excelencia. Las aulas del conocimiento han sido muy maltratadas de un tiempo a esta parte. Y ello se representa en fríos pero certeros números: En América Latina se destina solo entre un 2,5 y 4 por ciento del PBI, desoyendo las recomendaciones de la UNESCO, que estima un nivel de inversión no inferior al 7 por ciento.

En el marco de una Universidad y una sociedad argentina muy distinta a la de 1918, los reclamos de los estudiantes se suceden y varían a cada minuto. Casas de estudios tomadas por fallas edilicias, amenazas de privatizar la enseñanza, cursos de ingreso que funcionan como filtros para detener la masividad de la formación, y jornadas violentas cada vez que se eligen rectores, son algunas de las falencias que requieren un debate urgente para que la educación superior sea tal cual la pensaron los revolucionarios de ayer.

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