Un niño de 6 años corretea por la vereda con un libro colorido en cuya tapa se lee “Un elefante ocupa mucho espacio”, hasta que los gritos desesperados de su madre suspenden su diversión. “¡Te dije que no sacaras de casa ese cuentito que es peligroso!”, lo reta. Podría resultar exagerado pero no lo es si se sitúa el hecho en la Argentina de 1976, donde hasta en la inocencia de un texto podía reconocerse “una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo”, tal como señala un decreto militar de la época.
La violencia emergente en la década del 70 no surgió en un paisaje
pacifico ni desentonaba con las situaciones de autoritarismo extremo que padecían o estaban próximos a hacerlo los países de América Latina. De hecho, más de una década antes, había comenzado a gestarse en Argentina el terrorismo de Estado y aquel mensaje de miedo que se mantiene aún hoy entre quienes miran la política de afuera.
El 15 de abril de 1972 la Asamblea General del Poder Legislativo uruguayo aprobó la suspensión de garantías individuales y la declaración del "estado de guerra interno", lo que significó el estallido de un golpe militar. Un año más tarde, los vecinos chilenos sufrieron el derrocamiento del gobierno del socialista Salvador Allende de la mano de Pinochet tras un período de alta polarización política y convulsión social. Otro caso de pronunciamiento militar en el continente fue el que se produjo en Nicaragua en 1979.
Por otra parte, en Argentina, el presidente de facto Juan Carlos Onganía alimentó durante los años de su mandato (de 1966 a 1970) el fuego de lo que sería un incontrolable malestar social. A partir del plan económico Krieger Vasena revocó las medidas de nacionalización y control de capitales del gobierno de Illia, congeló los salarios y devaluó un 40% la moneda nacional.
Uno de los episodios de notorio abuso de autoridad fue la represión en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, conocida como la Noche de los bastones largos, en la que no solo fueron detenidas 400 personas sino que cientos de científicos e investigadores se exiliaron, constituyendo una significativa "fuga de cerebros".
La conformación de Montoneros en el 67 y la explosión del Cordobazo dos años más tarde, que dio como saldo la caída de Onganía y el regreso al poder del peronismo, también dejaba entrever la idea de una transformación social por vía de la violencia armada.
Luego del levantamiento en Cordoba nacieron las guerrillas, y con Perón al poder, ”la violencia durante la democracia provenía de las contradicciones ideológicas entre los distintos grupos peronistas”, según analiza Félix Luna en "El tiempo en el que se perdió la cabeza".
Hacia 1974 los grupos guerrilleros estaban consolidados, se atacaban mutuamente. Montoneros y la JP se volcaron al terrorismo, al igual que el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) que pertenecía a un sector de la izquierda no peronista. Para la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) el fin era eliminar a aquellos que consideraban “revolucionarios”.
El terror de los años 70, intensificado tras la muerte del general Perón rompió con un pacto social, desestabilizó a toda una república y desató una constante violencia política y social, en un panorama retratado a la perfeccion por el periodista y argentino de valiosos principios como fue Rodolfo Walcs en la Carta Abierta a la Junta Miliatar de 1976.
El vaciamiento ideológico, cultural y social fue planificado y ejecutado por los dictadores en Argentina a partir de la desaparición de 30 mil personas, el exilio de 301 profesores universitarios, entre los que había 215 científicos, la emigración forzada de músicos y escritores, la quema de libros y fundamentalmente a partir del miedo que sembraron hace mas de treinta años y que aparece continuamente como un fantasma entre las generaciones que no encuentran líderes carismáticos ni ideológicos con los que compartir un proyecto de país.
Aquel niño que corría con el libro prohibido en sus manos quizá se paralice, al menos en una primera instancia, cuando alguien alguna vez le proponga participar activamente de la vida política de su tierra ya que recordará los destinos fortuitos que tuvieron los militantes del ’70. Pero si por el contrario reacciona, querrá decir que él le ganó a la mochila de miedo que carga desde aquella época, y que quisieron imponer como un estigma los asesinos de los ’70.





